Al retomar el quehacer docente después de casi 10 años de trabajar en la administración pública federal y en la iniciativa privada, me encontré con problemas tales como:
-cómo lograr incentivar a los jóvenes,
-contar con grupos numerosos (50 alumnos o más),
-ser profesionista sin bases pedagógicas,
-ser profesionista sin bases pedagógicas,
-alumnos con problemas de aprendizaje por el difícil entorno en que viven (comunidades rurales, suburbanas, etc.).
Y vivía constantemente con muchas preocupaciones, entre ellas:
-estar siempre actualizado y preparado,
-qué hacer con los jóvenes sin entusiasmo por aprender algo nuevo,
-conocer qué técnicas didácticas podrían ayudarme,
-el saber que mi única base pedagógica era los “buenos maestros” que tuve mientras estudiaba,
-qué hacer con los jóvenes sin entusiasmo por aprender algo nuevo,
-conocer qué técnicas didácticas podrían ayudarme,
-el saber que mi única base pedagógica era los “buenos maestros” que tuve mientras estudiaba,
- dar siempre su lugar a cada alumno, aún a los “difíciles” o “más rezagados”.
Pero el trabajo pronto rindió frutos y fue gratificante el vivir situaciones como:
-el evitar que los alumnos, por inercia, se vayan a buscar el sueño americano como ilegales,
-el trascender en la vida de muchos jóvenes,
-el que todos mis alumnos me apreciaran,
-el trascender en la vida de muchos jóvenes,
-el que todos mis alumnos me apreciaran,
-la posibilidad de compartir con los alumnos sueños, ideas, tristezas, alegrías,
-el que ex-alumnos, ahora profesionistas exitosos, regresaran para comentar que nos consideran “buenos maestros”.
Fue un camino arduo, pero ahora sé que fue una buena decisión.